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09 mayo 2006
¿Cómo hacer que los niños se restrinjan en los gastos?
Necesitamos hacerles sentir que están gastando su propio dinero.
Es fácil gastar el dinero de los demás. Si no me crees, pregúntale a mis hijos.
Cuando vamos al supermercado, Henry pone alegre y descuidadamente sus productos favoritos en el carro. Cuando vamos a un restaurante, Hannah pide, invariablemente, aperitivo, plato de fondo y postre.
Esto, claro está, no es una gran sorpresa. Como un gerente general con un directorio complaciente o un vendedor con viático ilimitado, mis hijos no sienten ninguna necesidad de economizar. Enfrentémoslo, ellos no pagan las deudas. Yo lo hago.
¿Cómo podemos hacer que nuestros hijos se restrinjan en los gastos? Después de años de ensayo y error, creo haber descubierto la clave: necesitamos hacerles sentir que están gastando su propio dinero.
Sabiduría interna:
¿Alguna vez te preguntaste por qué los hijos de padres ricos se convierten en millonarios ellos mismos? Claramente estos niños se beneficiaron con una educación más costosa y mejor, y de aportes financieros por parte de sus padres.
Pero esto no explica el fenómeno completamente, dice un estudio publicado en el Journal of Political Economy. En cambio, parece ser que padres adinerados ayudan además a sus hijos transmitiéndoles buenos hábitos financieros.
Uno de los autores del estudio, que da clases en la University of Chicago, dice que los niños adoptan no sólo los hábitos financieros, sino también el estilo de inversiones que harán. Por ejemplo, si los padres son dueños de un negocio, o invierten fuertemente en la bolsa, sus hijos estarán más predispuestos a actuar del mismo modo.
El estudio no explica cuál es el mecanismo que se da en esto. Quizás es el poder del ejemplo.
Tal vez los padres que son prudentes en el manejo de sus finanzas enseñan más a sus hijos acerca de ahorrar e invertir. Pero sea cual sea el caso, todo parece indicar que las lecciones financieras aprendidas de niños son enormemente poderosas.
Sabiendo esto, no estoy dejando nada al azar. Después de todo, soy el columnista de finanzas personales del Wall Street Journal y sería bastante avergonzante si Henrry, de 11 años, y Hannah, de 15, crecieran para convertirse en letrados financieros.
Créanme, tengo mis razones para preocuparme. En algún momento, Henrry parecía sufrir una fiebre de tarjetas de baseball, mientras Hannah parecía necesitar un “reajuste semanal” en el salón de belleza. Cada vez que terminaban con unos dólares extras, sabía exactamente dónde irían a parar esos billetes.
Para terminar con estos hábitos de consumo y propiciar una mayor apreciación por los morlacos, intenté una serie de estrategias, algunas con éxito, otras sin él. Por ejemplo, comencé un juego de inversiones, donde cada uno tomaba un fondo mutuo y yo invertía una pequeña suma para cada uno cada mes. Pensé que esto les enseñaría una lección sobre inversiones y sobre los beneficios de ahorrar regularmente.
Pero a pesar de mis grandes esperanzas, el juego terminó siendo un fiasco. Henry optó por el fondo mutuo mejor rankeado esa semana, pero más arriesgado, solo para cambiarse al más conservador cuando vio que el primero se desmoronaba. Y, a pesar de estos traspiés, no mostró un ápice de remordimiento.
¿Por qué no? Mi corazonada es que aunque su “apuesta” resultó menos lucrativa que la mía o la de su hermana, sabía que su inversión seguiría aumentando, gracias a la contribución mensual de su padre. Así como es fácil gastar el dinero de otros, es indoloro perder el dinero de los demás.
Ahorrando por sí mismos:
Tampoco tuve mucha suerte con “el banco de papá”, institución financiera compuesta por un cuaderno universitario donde llevaba la cuenta de los modestos ahorros de Henry y Hannah.
Henry, en particular, estaba molesto por la forma en que sus depósitos terminaban en la billetera de su padre. Seguro, yo manejaba sus cuentas con un generoso 1% de interés mensual y, cuando alguien necesitaba un giro, prontamente producía el dinero necesario. Pero Henry dudaba de la solidez de este sistema. Simplemente no parecía un banco d verdad.
Así que erré el banco de papá y abrí para cada uno una cuenta de ahorros real, aunque estas no pagaran tanto interés. Henry y Hannah recibían estados de cuenta mensuales por correo y podían ver sus movimientos por Internet. Y, lo mejor de todo, las cuentas venían con una tarjeta para los cajeros automáticos sin cargo fijo.
Ahora, cuando alguno de mis hijos quiere comprar algo, no me piden el dinero, sino que van al cajero y sacan 20 o 40 dólares de sus cuentas.
El efecto ha sido impresionante. Casi inmediatamente, Henry perdió interés por las tarjetas de baseball, optando por ver sus ahorros crecer. Hannah, por su parte, no ha abandonado los tratamientos de belleza, pero los ha espaciado.
Le pregunté a ella qué había motivado su comportamiento frugal. “antes, parecía como que era tu plata”, me dijo. “Ahora es como si fuera de todos”.
¿Quieres ver cómo la actitud de tus hijos cambia cuando están usando su propio dinero? Prueba uno de mis trucos favoritos.
La próxima vez que vallan a un mall, dales unos billetes para gastar y diles que esperas que te den vuelto. Confía en mi, no recibirás mucho. En la próxima visita, dales la misma cantidad de dinero (yo les doy 10 dólares). Pero esta vez diles que pueden quedarse con el vuelto. Quedarás impresionado de lo que logran ahorrar.
Fuente: Traducción libre de un artículo de Jonathan Clements publicado en The Wall Street Journal.
Imagen: Gettyimages
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